Este año he pasado olímpicamente de comprar los textos oficiales de la UNED, que además de servir de bien poco, y de ser pésimos en todos los sentidos (mal escritos, y desastrosamente estructurados) los venden a unos precios astronómicos. De hecho, si hubiera comprado todos los “libros” oficiales, los “obligatorios” sólo, sin añadir ninguno de los complementarios que recomiendan, sin exagerar me habría gastado más del doble de lo que me costó la matrícula (la matrícula 600 euros, los “libros” mil largos).
En consecuencia tendré que “estudiar” por mi cuenta. Con los libros que vea oportuno, y con lo que vaya encontrado en internet.
En Febrero quiero presentarme a dos: Historia Medieval I (s.V a S.XII), e Historia Angiua I (POA, Egipto Antiguo). Las dos tratan periodos históricos que realmente tengo poco mirados. He leído poco sobre los sumerios, poco sobre los egipcios, poco sobre la edad media, sobre todo sobre su primer periodo. Así que casi es como si empezase desde cero.
Para Medieval me he leído hasta el momento sólo a Henri Pirenne (bueno de verdad), y como introducción a mis estudios me he leído los libros divulgativos que Asimov y Montanelli escribieron sobre ello... Asimov sí está bien como libro para hacerse una pequeña y primera idea acerca de la alta edad media, pero Montanelli es realmente malo, no sólo por los conocidos y habituales prejuicios del italiano –que parece un fanático defensor del cristianismo, y todos los fanatismos ciegan--, sino porque está francamente peor escrito que su exitoso y conocido Historia de Roma. Me esperan otros, como Jacques Le Golf, Georges Duby, y parecidos...
Pero también, por este motivo, pero más por otro que tengo en mente, he empezado a leer a Umberto Eco, su famosa novela sobre la “edad media” El nombre de la Rosa, y no me arrepiento en absoluto de no haberla leído antes. Es peor de lo que me imaginaba. No sólo porque no tiene nada que ver con la edad media, sino porque además está francamente mal escrita, es tediosa de leer, y no aporta nada. Un tostón. Un libro a la altura de su “El péndulo de Foulcaut”, un éxito fabricado, como lo calificó Vizincey, imposible de leer. Que me crucifiquen si comprendo a la gente a la que le “gusta” ese libro. Gente encima, y se ufana, se vanagloria, se enorgullece altivamente, de haber leído a Eco, y cree por ello, y lo cree con una fe ciega, cristiana, que han “aprendido” mucho por ello, sobre la “edad media”, por ejemplo. Es decir, sobre historia...
Una pequeña descripción o análisis de la novelita: Primero Eco hace que el narrador declare su intención de huir de descripciones físicas, visuales, de personas, de paisajes o edificios, a menos que sea estrictamente imprescindible para la historia. Y poco después hace una descripción estrictamente física, totalmente innecesaria para la narración, de más de un folio, de uno de los personajes. Y poco después hace otra descripción visual y totalmente innecesaria para la historia del interior de una iglesia, pero esta vez no de un folio, sino de más de tres folios. Estas plomizas descripciones las intercala con razonamientos a lo Sherlock Holmes de uno de sus personajes; un monje franciscano, “sabio”, que dejaría a Newton y Einstein juntos en mantillas; y de tan listo que lo hace que resulta un personaje hasta ridículo. Es decir, que las descripciones las intercala con una bastante mala imitación del que creó Conan Doyle. Y a esto le suma una tercera cosa, intercalándola entre ellas: largas parrafadas con “información” pseudohistórica sobre determinadas cosas supuestamente relacionadas con la historia. Estas parrafadas por supuesto no sólo son aburridas de leer, y liosas, confusas, sino que además no tienen nada de histórico, y que provocan que aquel que las lea y se las crea se forme una visión de la “historia” totalmente irreal, ficticia, irrisoria y hasta imposible.
En resumen, el libro se centra en tres pilares; largas y aburridas descripciones, largos y aburridos “razonamientos” pseudodetectivescos, y largas y aburridas parrafadas de pseudohistoria, o contrahistoria. Todo junto, mezclado, bien agitado, y unido por un fino y débil hilo de una trama un anodina, ridícula e igualmente imposible, y tienes una novelita.
Cogen la novelita y al autor y lo envuelven bien, y le ponen un lazo bien bonito. Y, sobre todo esto, se gastan generosas sumas de dinero en, digamos eufemísticamente, invitar a comer a mucha gente: directores de periódicos, radio y televisión; críticos literarios, radio y televisión. Salen artículos y noticias a todas horas, en todas partes, elogiando unánimemente esa novela, diciendo resumidamente que a quien no la compre y no le guste es tonto. Salen luego anuncios, e imprimen millones de copias, que ponen en librerías y grandes superficies en grandes pilas, en sitios donde todos lo puedan ver bien, tapando las pocas copias, si tienen algunas, de libros buenos, por ejemplo, de Bazac, de Conrad, de Faulkner, o de algún otro... Y abren las puertas y la gente se abalanzan sobre los libros, los cogen como locos. Luego se los llevan a casa, los abren y se ponen a leérselo, seguramente la mayoría se aburran, al menos a ratos, pero si no acaban cansándose, y dejando el libro a medias, con esfuerzo terminan de leerlos. Se sienten orgullosos. Leer es bueno. Leer es instructivo. No todo el mundo lee. Y cuando ven a sus conocidos, tanto si han acabado el tostón como si no, hablan con ellos, para vanagloriarse les sueltan que se han leído la novela, y que la novela es una maravilla, una obra maestra, que todo el mundo debería de leerse... Y así de uno a otro... hasta que todo el mundo cree, ellos los primeros, que el tostón infumable es una obra maestra... Y así convierten una auténtica porquería, aburrida al máximo y llena de mentiras, en un dogma.
Y así van las cosas en el mundo...
En fin... otro día... mis estudios sobre culturas del Próximo Oriente Antiguo, y del Egipto Antiguo.
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