Fui ayer a visitar a un viejo y querido amigo que está desde hace tiempo en una residencia de ancianos, y me encantó la experiencia. Ha sido lo mejor que he hecho, que me ha pasado, en bastante tiempo.
La primera vez que pisaba un sitio parecido, y al principio me impactó, me sobrecogió. El edificio está en lo alto de una colina, en medio de una sierra, a dos o tres kilómetros de un pequeño y pintoresco pueblo. Unas vistas maravillosas, una tranquilidad acogedora.
Estaba vallado, y al llegar con el coche toqué un botón; esperaba tener que hablar, dar explicaciones, pero no, me abrieron sin preguntas, directamente. La verja se corrió y entré con el coche. Aparqué y no vi a nadie. Me acerqué al edificio y vi a un montón de personas mayores. Todos sentados, en silencio, y separados. Es decir, que no hablaban entre ellos; todos permanecían ajenos los unos a los otros, en un modo que me pareció triste. Yo los saludaba con buenos días, ellos me respondían, pero sin ganas, sin fuerzas. "Nadie" me recibió, y busqué sin suerte durante un buen rato a "alguien", algún trabajador del centro que me pudiese orientar, a quien le pudiera preguntar. Recorrí así pasillos, salas, habitaciones. Había un gimnasio bien equipado, una piscina cubierta, varias salas de estar, todo muy limpio y bien cuidado. Por fin, tras dar bastantes vueltas, apareció una chica joven y hermosa que parecía ser la recepcionista. Ella, que me pareció bastante simpática y buena persona, me llevó hasta quien iba buscando.
Al principio me quedé parado, sin reconocerlo. Estaba achantado, con la cabeza hundida entre los hombros, y cubierta con una gorra, y bastante más delgado de lo que lo recordaba. Me costó reconocerlo. Le hablé, y no me respondió. No se inmutó. Le volví a hablar, y siguió callado. Una mujer mayor en silla de ruedas me observaba. Como estaba inmóvil como una estatua, delgadísimo y pálido, pensé seriamente en la posibilidad de que estuviera muerto. Pero finalmente reaccionó para mi alivio. Al principio, me trató de una manera bastante hosca, arisca. Hacía mucho tiempo que no lo veía, hacía mucho que no me veía, y le quitaron un ojo, y con el otro apenas ve. La primera media hora me fue difícil mantener un diálogo con él, y me fue fácil establecerlo con la señora de la silla de ruedas que estaba cerca, y con dos ancianos más que llevaron las enfermeras allí. Le llevaron un zumo, y me pidió que lo probase, que bebiese yo antes que él, por si estaba el zumo envenenado. El hombre no tiene familia, y siempre ha estado un poco ido, sufriendo una extraña manía persecutoria... ¿Pero quién no sufre un poco de locura?
Medité la posibilidad de marcharme, pero los otros ancianos me ayudaron a quedarme, a sentirme cómodo allí. Poco a poco se fue animando, y comenzó a ser el hombre que yo conocía; empezó a hablar de manera abrupta, elevando el tono de voz: estás hablando con un muerto, me decía. Me han matado, los médicos, cuando me quitaron el ojo, me mataron. Quisieron echarme, hundirme.
Como hablaba con excitación, casi a voces, llamaba la atención, la guapa recepcionista vino a ver qué pasaba, preocupada porque me estuviera asustando, o gritando, aunque no era así. Tiene un carácter fuerte, difícil, con mucho genio, dijo. Él lo oyó, y dijo que no veía pero que oía bien. Ella le dijo con buen humor, amablemente, que ya lo sabía, pero que debía de comer más, que se pondría mejor si comiese más, y se marchó viendo que todo estaba bien. Yo lo dejaba hablar, lo escuchaba, y él tomaba o retomaba la confianza que extrañamente nos unió en cierta medida años atrás. Me contó que no comía, que no bebía agua, y me insinuó que querían envenenarlo. Tenía la boca seca, y me pidió que fuera a buscarle agua, de una máquina de un pasillo por 50 céntimos. Fui y le saqué dos botellas, y le di dinero para que cuando tuviera sed se comprase más. Se bebió la primera botella con ansias, con fruición, con deleite. ¿Desde cuándo no bebería? Siguió quejándose de que habían acabado con él.
Mientras los otros ancianos seguían por ella; sin hablar entre ellos, cerca unos de otros pero aislados. Las enfermeras o celadoras los llevaban y los traían, y los trataban con suma amabilidad. Una abrazaba a una anciana que lloraba sin motivo aparente, otra enseñaba la foto de un hijo a varios de los ancianos, acaso los más receptivos. Muchas, la mayoría, eran mujeres jóvenes y hermosas.
Seguí un buen rato más allí, ya con quien había ido a ver más naturalizado, calmado y a gusto, hablándome del mundial de fútbol, del dictador Tito, de qué habría sido de todos sus libros que guardaba en su casa, de qué habría sido de su finca y de su casa, etc.
Cuando un rato después me tuve que ir, me sentía contento de haber ido, cómodo en medio de todos aquellos ancianos, casi como uno más. Todos me dijeron adiós al irme, de una manera que me pareció afectuosa.
En cuanto encuentre ocasión, seguramente repita la visita.
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