sábado, 23 de octubre de 2010

Archipiélago Gulag...

Es el libro que estoy leyendo ahora.

Confieso que me había resistido bastante a empezarlo. Que siempre había pensado que era una de esas basuras que alaban y halagan sin parar por todos los medios para encubrarlo inmerecidamente, hipnotizando a todo el mundo y transformando un caca en algo a idolatrar.

Más teniendo en cuenta que su autor, Alexander Solzhenitsyn (vaya nombrecito), era soviético y fue martirizado por el régimen comunista que imperaba en la Unión Soviética. Es decir, que era un disidente de un régimen que se empeñaba -sin o con razón-- en condenar el mundo capitalista occidental. Por lo tanto yo siempre había pensado que le habían dado el Nobel --como a tantos de los premiados, a la mayoría-- simplemente por intereses políticos, por motivos extra literarios, en este caso, sólo para atacar al régimen soviético. Y, como siempre hacen, sin tener en cuenta para nada la calidad literaria --la calidad literaria para los premios Nobel es un hándicap; mientras mejor escribe alguien, menos posibilidades tiene de que le den el Nobel--. En otras palabras, que por haber recibido el Nobel y por ser alabado puramente por el capitalismo para denunciar al comunismo, estaba yo convenido de que era una verdadera mierda, como tantos otros premiados con el Nobel --acaso la mayoría--, pero no sé cómo acabé hace unos días con el libro entre mis manos, y leyéndolo me he dado cuenta de que es Solzhenitsyn (vaya nombrecito otra vez) una de las excepciones que rompen la regla. Su obra --Archipiélago Gulag-- es genial, profunda, y está maravillamente bien escrita. Escapa con mucho de cegueras políticas, y retrata las miserias del hombre con ojo clínico, sin caer en tópicos empalagosos y ridículos. Es una obra plenamente recomentable, pese a los halagos y pese al premio Nobel que estoy distrutando plenamente.

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