6:30 horas, suena el despertador; lo apago de mala gana, con un uf, qué asco, otra vez tengo que levantarme para ir a trabajar….
Con horror y pavor atravieso la puerta de la oficina.
Me siento esperando lo peor, y lo peor siempre llega.
Los clientes piensan, deben pensarlo, que soy doctor en psicología aplicada, porque me empachan de sus problemas, de todos sus problemas, como si yo pudiera salvarlos o librarlos de ellos, de sus neuras. Y en el fondo sólo puedo empeorarlos.
Suena el teléfono. Una voz femenina dice mi nombre, y añade el suyo, y me dice que me va a pasar con el jefe. Esa frase es así, pero mis mecanismos mentales la traducen de otra manera: “Soy la chorizo –o sea, la secretaria de mi jefe, pelota remilgada e insufrible-, te paso con el vizquito --alias el turbina, alias el pocoyo—“. Y la pregunta me viene de seguida a la cabeza: ¿qué coño he hecho esta vez …? Porque cuando llama el pocoyo sólo y únicamente es para echarte la bronca por cualquier cosa, por cualquier verdadera estupidez. Es un enfermo, me decía con razón el otro día un compañero, y está pagando todas sus frustraciones de toda su vida con nosotros, aunque su función sería apoyarte, es un muro, una muralla, una barrera infranqueable que sólo ayuda a crear más problemas en lugar de a resolver los muchos que van surgiendo.
Aguanto la bronca prestándole la atención que merece, es decir, ninguna.
Me llega un correo electrónico: Estimado, no he querido llamarle, ni llamar a sus superiores, ni echarle la bronca ni nada de eso, pero le recuerdo que hoy termina el plazo para que hacer el curso de prevención de blanqueo de capitales que tiene que hacer, y le recuerdo que no ha entrado en la plataforma aún ni una sola vez. HAGA EL PUÑETERO CURSO EN EL ACTO SI NO QUIERE MAYORES PROBLEMAS.
Miro el reloj y son ya las 14 de la tarde. Me duele la cabeza, no sé dónde la tengo.
¿Aún me queda una hora de estar encerrado en la puñetera jaula ésta?
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