6:30 horas, suena el despertador; lo apago de mala gana, con un uf, qué asco, otra vez tengo que levantarme para ir a trabajar….
Con horror y pavor atravieso la puerta de la oficina.
Me siento esperando lo peor, y lo peor siempre llega.
Los clientes piensan, deben pensarlo, que soy doctor en psicología aplicada, porque me empachan de sus problemas, de todos sus problemas, como si yo pudiera salvarlos o librarlos de ellos, de sus neuras. Y en el fondo sólo puedo empeorarlos.
Suena el teléfono. Una voz femenina dice mi nombre, y añade el suyo, y me dice que me va a pasar con el jefe. Esa frase es así, pero mis mecanismos mentales la traducen de otra manera: “Soy la chorizo –o sea, la secretaria de mi jefe, pelota remilgada e insufrible-, te paso con el vizquito --alias el turbina, alias el pocoyo—“. Y la pregunta me viene de seguida a la cabeza: ¿qué coño he hecho esta vez …? Porque cuando llama el pocoyo sólo y únicamente es para echarte la bronca por cualquier cosa, por cualquier verdadera estupidez. Es un enfermo, me decía con razón el otro día un compañero, y está pagando todas sus frustraciones de toda su vida con nosotros, aunque su función sería apoyarte, es un muro, una muralla, una barrera infranqueable que sólo ayuda a crear más problemas en lugar de a resolver los muchos que van surgiendo.
Aguanto la bronca prestándole la atención que merece, es decir, ninguna.
Me llega un correo electrónico: Estimado, no he querido llamarle, ni llamar a sus superiores, ni echarle la bronca ni nada de eso, pero le recuerdo que hoy termina el plazo para que hacer el curso de prevención de blanqueo de capitales que tiene que hacer, y le recuerdo que no ha entrado en la plataforma aún ni una sola vez. HAGA EL PUÑETERO CURSO EN EL ACTO SI NO QUIERE MAYORES PROBLEMAS.
Miro el reloj y son ya las 14 de la tarde. Me duele la cabeza, no sé dónde la tengo.
¿Aún me queda una hora de estar encerrado en la puñetera jaula ésta?
martes, 14 de diciembre de 2010
martes, 7 de diciembre de 2010
genial....
...El rato con Don José... fabuloso... Primero una cerveza rápida con él en el restaurante de su hijo y de su hija (esta es mi hija, me ha dicho mirándola con orgullo y guiñándome el ojo, ya la conozco, le he dicho, y sin embargo qué poco se parece a él, de cerrada, de sosa)... Después me ha llevado a su bodega, me ha enseñado cómo se fabrica el mosto, la trituradora, la prensa, el depósito; las barricas de 44 arrobas. En seguida me lo ha dado a probar. ¡Qué rico! Tres vaso uno tras otro. Delicioso, embriagadores. De paso su charla, amena, divertida, con un tono de simpática amargura llena de humor negro, hablándome de sus achaques, el azúcar que lo tiene por las nubes y lo está dejando ciego, además de que está algo cojo. La soledad en la que en el fondo vive a pesar de estar rodeado (como todos), o tal vez el aburrimiento, el estar acostumbrado a trabajar 14 o 15 horas al día y el no tener nada que hacer ahora, sólo ir a sentarse a la plaza a tomar el sol como los lagartos, o ir a andar un rato como un tonto. Soledad y aburrimiento, y fina ironía, humor llano y sano, envidiable. Contándome sus batallas se me ha ido el tiempo en seguida. Tuve que marcharme. Había quedado para comer en el restaurante de sus hijos con gente; todo a partir de ahí, vulgar, repetido. Le prometí un café, y apareció con su sonrisa, mientras terminábamos de comer... El mejor postre que podían darme. La despedida, el hasta luego, que espero no se prolongue.
Luego, mientras jugaba a los bolos, sólo podía pensar en él, recordarlo, espera nuestro próximo encuentro... ¿Cuándo...? Yo calculo que al menos 2 o 3 semanas son las que me quedan... Esperando, esperando, siempre esperando.
Gracias Don José
Luego, mientras jugaba a los bolos, sólo podía pensar en él, recordarlo, espera nuestro próximo encuentro... ¿Cuándo...? Yo calculo que al menos 2 o 3 semanas son las que me quedan... Esperando, esperando, siempre esperando.
Gracias Don José
lunes, 6 de diciembre de 2010
don josé el de la parada...
Ya estoy contando las horas, los minutos, los segundos que me quedan para reunirme con él... ¡Qué grande! Mañana tengo una cita con él, y me encanta su compañía.... Es una de las personas, una de esas personas, pocas, a las que merece la pena conocer, que le dan sentido a todo, aunque nada lo tenga. No tiene estudios, y probablemente no sepa ni leer ni escribir, o si lo sabe como si no supiera, pero es pura amabilidad. Es tolerancia, es posiblemente imposible ser más abierto, respetuoso, más amable, mejor bienintencionado, que él. ¡Ojalá yo pudiera parecerme un poco! Para mí es un verdadero halago, un elogio inigualable, que simplemente quiera él quedar conmigo, regalarme con su compañía aunque sólo sea un poco. Un mosto, hecho por él, y su compañía, eso es más que suficiente para ser feliz, por un rato. Lo repito, no me cansaré de hacerlo: ¡qué grande es! ¿Por qué no existen más como tú?
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