jueves, 13 de enero de 2011

i believe in miracles

Con las miles de cosas que tengo pendientes de hacer, en lugar de centrarme en ellas, me dejo embaucar fácilmente por cualquiera, casi sin oponer resistencia, y acabo dedicando mi tiempo a actividades mundanas y banales que le duelen fuertemente a mi conciencia enferma. Me consuelo, triste e indebido consuelo, porque sigo sin estar centrado, y por lo tanto sin ser capaz de concentrarme y rendir verdaderamente en todos mis propósitos, así que casi da igual si me pongo o no, porque aun poniéndome al final acabo casi sin hacer prácticamente nada, tal es mi desánimo.

Ayer bajamos a pasar la tarde cerca del mar, y primero mientras mi compañero iba al dentista me dejó en un bar bastante peculiar, el típico bar de barrio familiar lleno de los típicos personajes estrambóticos de los que está lleno el mundo.

El país está lleno de bares similares. En cada ciudad hay varios; son lugares que llaman a todos los desesperados, a todos los solitarios, a todos los tristes del mundo. Templos que congregan a los perdedores como las iglesias a los débiles incapaces de aceptar la condición humana. Donde estos peculiares feligreses encuentran la compañía que les ha negado la vida, y el consuelo en los otros descarriados y miserables que acuden igualmente allí. Son sitios donde encuentran la mejor terapia contra el dolor del alma, contra la depresión, que jamás se ha inventado, que jamás se descubrirá. Abajo el prozac, los psicólogos y los antidepresivos; porque en el fondo son sólo remedios que sólo sirven para empeorar globalmente las cosas, que no ayudan a progresar mentalmente al hombre, a superarse, a mejorarse realmente, sino a reblandecerse, y lo que es peor, a idiotizarse más todavía. Cuando estés con un bajón muy grande, nada mejor que acudir a un lugar de estos, porque saldrás nuevo, crecido de allí. Porque por grandes y terribles que sean tus problemas, serán ridículos comparados con los problemas de los otros que acuden al sitio… habrá otros allí que lo tendrán igual pero infinitamente peor. Gente desesperada, tan desesperada, que expresaran pesares tan grandes que ni si quiera la mente más imaginativa habrá podido llevar a concebir. Al soltarlos, se alivian, y alivian a los demás. Así, todos los parroquianos de esos bares salen de ellos crecidos.

En uno de esos en donde nunca había estado yo me soltó mi compañero, y allí me quedé a esperarlo, pensando en que pasaría un rato de lo más aburrido. Mas en esos sitios siempre ocurre lo contrario, y acabas en seguida por convertirte en uno más de la familia. Llegué y el local estaba prácticamente vacío. Sólo la cocinera, una mujer mayor, que hacía punto en una de las mesas. La camarera, una joven negrita, en la barra. Y uno de los parroquianos habituales, un hombre de cincuenta o sesenta años, delgado y enjuto, pelo cano, ropas negras, que tomaba una copa y bromeaba con la camarera acerca de sus novios. Yo me quedé en un rincón, callado, y aunque el parroquiano trató de trabar charla conmigo, con la excusa del futbol, no fue persuasivo, ni me motivaba, así que me mantuve ajeno. Poco después llegó otro de los parroquianos habituales, decididamente alcohólico, acompañado de un negro de dos metros de altura que botaba una pelota de baloncesto. El negro reía abierta y jocosamente, y nada más llegar se presentó a todo el mundo, incluido a mí. Hablaba cuatro palabras de español, y se expresaba más bien en un inglés limitado que pronunciaba de manera horrible, idioma en el que se expresaba y comunicaba con su interlocutor, el borrachín habitual del bar que lo había llevado allí. El negro revolucionó aquello. Tenía la mente de un microbio, y la mentalidad de un troglodita, pero era franco, abierto y alegre. Y hablaba con todo el mundo sin cortarse un pelo. I BELIEAVE IN GOD. Decía sin parar, presentándose, y abriendo su corazón, diciendo que no tenía donde caerse muerto, pero que era feliz porque dios le ayudaba. Habló con unos moros que había ido allí a zamparse un bocata, y los moros se descojonaban literalmente del negro. Se acercó a mí, y me contó que era de Nigeria, que tenía una novia sueca, que la novia estaba en Suecia, y que le mandaba todos los meses 350 euros. Que la gente le ayudaba porque dios los iluminaba, y hacía que le ayudasen porque él creía en dios. Que no conocía de nada al borracho que lo había llevado allí, simplemente lo había visto por la calle y le había dicho que se fuera con él, y él sin pensarlo se fue. Era un espectáculo. Un espermento. Una mente privilegiada y maravillosa. ¿Cuánto mides? 1.99 cms… ¿Y cuánto te mide la picha? Carcajadas.

Llegó mi compañero, y nos fuimos a una tienda de libros antiguos. Íbamos a comprarle un regalo allí a la amiga que nos invitaba y nos invita con frecuencia a cenar a su restaurante. Y yo acabé cogiendo tres libros para mí, y otro para nuestra amiga. Para mí Carpentier y su Siglo de las Luces (lo he leído una vez, pero creo que no tengo un ejemplar, y quiero volver a leerlo), otro Yo el supremo (que también leí pero que no sé si tengo, y que quiero volver a leer), y otro que elegí puramente por azar: Dobles Fondos, sin saber de qué iba, sin leer la contraportada si quiera, sin conocer al autor, sólo dejándome llevar por el título, como por intuición divina. Finalmente, como el dueño de la tienda era inglés, como la mayoría de los libros eran en inglés, como apenas había títulos en español, como nuestra amiga habla perfectamente inglés, elegí un título mundano, horrible, uno de esos plomos de mil páginas que son puramente éxitos fabricados imposibles de leer, y que le encantan a quienes dicen que les encanta la lectura, pero que no saben, no han aprendido, a apreciar la verdadera literatura: WORLD WITHOUT END, de Ken Follet. Fui a pagar y el inglés se quedó mirando los libros que había elegido. Se notaba que le gustaba mi selección, salvo por el de Ken Follet. Pero como le dijimos que si nos podía envolver ése, comprendió de inmediato que no era para mí, como los otros, manifestándolo con un ohhh de satisfacción. Y entonces cogió el Dobles Fondos, y me dijo, este libro es muy bueno, has tenido buen ojo. ¿En serio es bueno?, le pregunté. Sí. Buenísimo. Pero tengo una edición mejor. Y soltó los libros y fue a por un libro más viejo, pero relativamente bien conservado, y me lo enseñó: Men Without Art. Es el mismo, pero mejor, mucho mejor. ¿Por qué era mejor? Porque aparte de no haber sufrido la perversión y la violación de la traducción, era una primera edición, un libro de coleccionistas. Es más caro, me dijo, pero merece la pena. ¿Y qué hice? Pues comprarlo, la primera edición, impulsivamente. Venga, me lo llevo. ¿Para qué quiero yo una primera edición? Y seguidamente hablamos con el tipo, buen tipo, un buen rato, de distintas cosas, y finalmente de restaurantes que conocemos, restaurantes comunes, de los mejores restaurantes del mundo, perdidos en la sierra, buena comida tradicional española, y prometimos volver a verlo, volver a su tienda.

Mi compañero tenía que volver a ir al dentista, y volvió a dejarme en el bar de antes. Me pedí un rioja y abrí el Men Without Art con gusto. Había más gente en el bar, y esperaba que no me molestasen, que se entretuviesen entre ellos. Lo primero que hice fue manchar, por equivocación, sin querer, por descuido, el libro, la primera edición cuidada y conservada con mimo, del vino tinto que me estaba bebiendo. Hala, ya lo he estrenado. Impoluto desde el año 1934, guardado como oro en paño, con un precio elevado, y en menos de una hora en mis manos yo le hago al libro lo que no le han hecho en los casi 100 años que tiene, desvirgarlo, como quien dice. Como no me iba a ahorcar por ello, quise seguir leyendo, pero no tardaron en impedírmelo [NOTA: eso de que se puede leer en los bares es un mito literario sin ninguna verdad práctica; siempre que lo he intentado no me han dejado, ha venido alguien, siempre un tipo solitario, nunca una mujer hermosa, a meter sus narices en medio, y a no dejarme leer tranquilo]. El que había llevado al bar al negro (que ya no estaba), se acercó y metió sus hocicos entre el libro y mi vista, y dijo qué lees. El tipo sabía inglés, y leyó el título, y dijo… ohhhh… lees en inglés… quién es el autor… Y leyó el nombre, y dijo… ohhhhh… y no añadió más porque no tenía ni zorra idea de quién era, ni le importaba verdaderamente, más que importunarme sin malicia. Seguidamente se me puso literalmente a bailar flamenco, y me invitó a que le tocase las palmas para llevar el compás. Estaba afeitado, y vestido limpia e impolutamente, contrastando con el resto de los clientes del bar (currantes con el traje de romano puesto). Y estaba bastante borracho. Tanto que me hacía gestos que no llegaba yo a entender.

Por fin llegó mi compañero, invitó a la camarera y a sus amigas si querían a ir a cenar (nos reímos todos) al restaurante de la escritora, y nos fuimos los dos sólo a cenar. Mi amigo se zampó él solo casi la botella de vino, poniéndose gracioso, y queriendo hacer que nuestra amiga, la dueña del restaurante, nos presentase a algunas amigas que cenaban en una mesa. Nos hartamos literalmente de comida; entremeses de todo tipo (jamón de pata negra, y aperitivos libios, entrecot de ternera en su punto con guarnición, rematado de un postre), y nos fuimos con el estómago llego, y el corazón alegre, como se suele decir. Al acostarme, por la empachera de comida, y por no haber tomado ningún digestivo, no me podía quedar dormido, mi estómago daba vueltas como una hormigonera.

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