Por primera vez en tres años que llevo “estudiando” he hecho exámenes en el mes de febrero (el primer año por febrero ni siquiera estaba matriculado, el segundo llegué a hacer el primer examen, sólo uno, en junio)… No estoy ni mucho menos medianamente preparado para “superar” las tres asignaturas de las que me he “examinado”, pero sin embargo por lo que me preguntaron, por lo que contesté, creo que puedo “aprobar” las tres (entrecomillo las palabras porque no me pueden sonar peor en un contexto pedagógico).
Estoy de “descanso” tras ellos, aprovechando para zanganear y leer cosas pendientes, de donde he encontrado unos loques interesantes:
“lo que más desea el ser humano es ser deseado”, jaques lacan.
“lo que más interesa al ser humano es el propio ser humano”, leído en una vieja entrevista a Enric Alvarez, CEO de Mercury Steam.
Tito me está esperando.
miércoles 23 de febrero de 2011
martes 1 de febrero de 2011
examen de moderna... mañana
Mi amiguito Santiaguito sigue dándome la vara a causa de su separación, y quiere que yo haga lo que él es incapaz de hacer: llevarme la ropa de su casa, quitarle el coche a su mujer, etc. Yo le digo que dé la cara. Que no se hubiera casado, que no hubiera tenido su breve y fascinante historia de amor.
Mañana un examen para el que no estoy ni remotamente preparado, porque soy incapaz de memorizar nada, como si mi cerebro y mis neuronas se negasen, se cerraran en banda y no quisieran recibir ningún tipo de información.
Y mientras tanto, el mundo cambia aunque todo siga igual... En Egipto piden democracia. Una democracia liberal que no es más que el reino de la estupidez. ¡Hace ya tanto que se pedían esas cosas! Libertad. Y está tan lejos de llegar.
Cita, para por supuesto expresarme mejor, cita que le vendría ahora bien a los egipcios (cuya milenaria cultura debería saberme para un próximo e no aprobable examen), Augusto Roa Bastos, Yo el Supremo:
Yo el Supremo Dictador de la República
Ordeno que al acaecer mi muerte mi cadáver sea decapitado, la cabeza puesta en una pica por tres días en la Plaza de la República donde se convocará al pueblo al son de campanas echadas al vuelo.
Todos mis servidores civiles y militares sufrirán pena de horca. Su cadáveres serán enterrados en potreros de extramuros, sin cruz ni marca que conmemore sus nombres.
Al término de dicho plazo, ordeno que mis restos sean quemados y mis cenizas sean arrojadas al río (y olvidadas para siempre)...
Mañana un examen para el que no estoy ni remotamente preparado, porque soy incapaz de memorizar nada, como si mi cerebro y mis neuronas se negasen, se cerraran en banda y no quisieran recibir ningún tipo de información.
Y mientras tanto, el mundo cambia aunque todo siga igual... En Egipto piden democracia. Una democracia liberal que no es más que el reino de la estupidez. ¡Hace ya tanto que se pedían esas cosas! Libertad. Y está tan lejos de llegar.
Cita, para por supuesto expresarme mejor, cita que le vendría ahora bien a los egipcios (cuya milenaria cultura debería saberme para un próximo e no aprobable examen), Augusto Roa Bastos, Yo el Supremo:
Yo el Supremo Dictador de la República
Ordeno que al acaecer mi muerte mi cadáver sea decapitado, la cabeza puesta en una pica por tres días en la Plaza de la República donde se convocará al pueblo al son de campanas echadas al vuelo.
Todos mis servidores civiles y militares sufrirán pena de horca. Su cadáveres serán enterrados en potreros de extramuros, sin cruz ni marca que conmemore sus nombres.
Al término de dicho plazo, ordeno que mis restos sean quemados y mis cenizas sean arrojadas al río (y olvidadas para siempre)...
viernes 28 de enero de 2011
amores rotos...
Un amigo está en pleno proceso de separación, justamente en el punto más intenso y más doloroso del mismo, tanto que está llegando a extremos que rallan lo enfermizo, lo psicótico y paranoico. Se diría que llega a sufrir de manera intensa lo que antes llamaban manía persecutoria (¿y quién no lo sufre un poco, con y sin justificación?)... El caso es que busca apoyo en su entorno más inmediato, y cuando tratas de llevarle la contraria, cuando intentas (intentamos) hacerle ver que las cosas no son como las quiere ver, cuando le dicemos que los familiares de su ya ex no lo van a matar, porque no lo van a matar, porque son personas normales y corrientes, se niega en rotundo a oír, y acude a quienes le dan la razón y lo alientan (una mujer mayor, que roza en la locura, y una prima con mentalidad de harpía que goza viendo su sufrimiento y su ruptura) y le dicen que es verdad, que huya, que deseaparezca, que se esconda. Así que ahora se comporta como un verdadero enfermo mental, y actúa de una forma --¡es tan evidente!- con la que sólo conseguirá empeorar todas las cosas.
Los abogados se frotan las manos, aconsejándoles denunciar y recurrir a las mayores bajezas y provocar largos y costosos y doloros procesos legales para sacarles los dineros a los respectivos, y para aumentar su agonía y su dolor.
Siempre ha sido así, y siempre lo será. Siempre hay quienes se aprovechan del dolor
ajeno, de la debilidad a la que lleva el sufrimiento humano, y ya bien recurriendo a las puras estafas, como los curanderos con los enfermos, como los espiritistas con los que han perdido seres queridos, o ya bien recurriendo a la "justicia" humana, al tú te lo mereces todo, él/ella nada, y la ley te ampara, acaban llevando a las personas, por puro interés material, de una situación mala a otra peor...
Lo peor es cuando añoran los tiempos pasados, los buenos momentos que tuvieron, y se preguntan qué les ha ocurrido, y se preguntan si esos tiempos volverán... Eso les genera aún un mayor malestar, y generalmente les conduce buscar con toda la maldad posible acuchillarse mutuamente.
¿Cuándo aprenderemos a vivir? ¿Cuándo, cuándo aprenderemos que no hay retorno?
¿Quién no recuerda a Don Gustavo:?
Volverán las oscuras golondrinas
en tu balcón sus nidos a colgar
y, otra vez, con el ala en sus cristales
jugando llamarán;
pero aquéllas que el vuelo refrenaban
tu hermosura y mi dicha a contemplar,
aquéllas que aprendieron nuestros nombres,
ésas... ¡no volverán!
Volverán las tupidas madreselvas
de tu jardín las tapias a escalar,
y otra vez a la tarde, aun más hermosas,
sus flores se abrirán;
pero aquéllas, cuajadas de rocío,
cuyas gotas mirábamos temblar
y caer, como lágrimas del día...
ésas... ¡NO VOLVERÁN!
Como tambien escribiera tan bien el Gran León Felipe:
Respondedme loqueros,
¿cuándo se quiebra y salta roto en mil pedazos el mecanismo del cerebro?
Ya no hay locos, amigos, ya no hay locos. Se murió aquel manchego,
aquel estrafalario fantasma del desierto
y ... ¡Ni en España hay locos! ¡Todo el mundo está cuerdo,
terrible, monstruosamente cuerdo! ...
¡Qué bien marcha el reloj! ¡Qué bien marcha el cerebro!
Este reloj ..., este cerebro, tic-tac, tic-tac, tic-tac, es un reloj perfecto ...,
perfecto, ¡perfecto!
O con menos palabras, pero igualmente formidable Fitzsgerald, dentro de su gran gatsby:
So we beat on, boats against the current, borne back ceaselessly into the past.
P.D.: La semana que viene tengo un examen, sobre Historia Moderna, y aunque la asignatura es interesante, mi cerebro se niega registrar los datos en la memoria, mi ánimo se resiste impidiéndome que dedique mi tiempo a realizar el esfuerzo necesario para conseguir retener los datos en mi torpe sistema mental, mi cuerpo tiembla y enferma sólo de pensar en estudiar, y mi conciencia, enferma, se rompe y se resquebraja cada vez más...
Los abogados se frotan las manos, aconsejándoles denunciar y recurrir a las mayores bajezas y provocar largos y costosos y doloros procesos legales para sacarles los dineros a los respectivos, y para aumentar su agonía y su dolor.
Siempre ha sido así, y siempre lo será. Siempre hay quienes se aprovechan del dolor
ajeno, de la debilidad a la que lleva el sufrimiento humano, y ya bien recurriendo a las puras estafas, como los curanderos con los enfermos, como los espiritistas con los que han perdido seres queridos, o ya bien recurriendo a la "justicia" humana, al tú te lo mereces todo, él/ella nada, y la ley te ampara, acaban llevando a las personas, por puro interés material, de una situación mala a otra peor...
Lo peor es cuando añoran los tiempos pasados, los buenos momentos que tuvieron, y se preguntan qué les ha ocurrido, y se preguntan si esos tiempos volverán... Eso les genera aún un mayor malestar, y generalmente les conduce buscar con toda la maldad posible acuchillarse mutuamente.
¿Cuándo aprenderemos a vivir? ¿Cuándo, cuándo aprenderemos que no hay retorno?
¿Quién no recuerda a Don Gustavo:?
Volverán las oscuras golondrinas
en tu balcón sus nidos a colgar
y, otra vez, con el ala en sus cristales
jugando llamarán;
pero aquéllas que el vuelo refrenaban
tu hermosura y mi dicha a contemplar,
aquéllas que aprendieron nuestros nombres,
ésas... ¡no volverán!
Volverán las tupidas madreselvas
de tu jardín las tapias a escalar,
y otra vez a la tarde, aun más hermosas,
sus flores se abrirán;
pero aquéllas, cuajadas de rocío,
cuyas gotas mirábamos temblar
y caer, como lágrimas del día...
ésas... ¡NO VOLVERÁN!
Como tambien escribiera tan bien el Gran León Felipe:
Respondedme loqueros,
¿cuándo se quiebra y salta roto en mil pedazos el mecanismo del cerebro?
Ya no hay locos, amigos, ya no hay locos. Se murió aquel manchego,
aquel estrafalario fantasma del desierto
y ... ¡Ni en España hay locos! ¡Todo el mundo está cuerdo,
terrible, monstruosamente cuerdo! ...
¡Qué bien marcha el reloj! ¡Qué bien marcha el cerebro!
Este reloj ..., este cerebro, tic-tac, tic-tac, tic-tac, es un reloj perfecto ...,
perfecto, ¡perfecto!
O con menos palabras, pero igualmente formidable Fitzsgerald, dentro de su gran gatsby:
So we beat on, boats against the current, borne back ceaselessly into the past.
P.D.: La semana que viene tengo un examen, sobre Historia Moderna, y aunque la asignatura es interesante, mi cerebro se niega registrar los datos en la memoria, mi ánimo se resiste impidiéndome que dedique mi tiempo a realizar el esfuerzo necesario para conseguir retener los datos en mi torpe sistema mental, mi cuerpo tiembla y enferma sólo de pensar en estudiar, y mi conciencia, enferma, se rompe y se resquebraja cada vez más...
jueves 13 de enero de 2011
i believe in miracles
Con las miles de cosas que tengo pendientes de hacer, en lugar de centrarme en ellas, me dejo embaucar fácilmente por cualquiera, casi sin oponer resistencia, y acabo dedicando mi tiempo a actividades mundanas y banales que le duelen fuertemente a mi conciencia enferma. Me consuelo, triste e indebido consuelo, porque sigo sin estar centrado, y por lo tanto sin ser capaz de concentrarme y rendir verdaderamente en todos mis propósitos, así que casi da igual si me pongo o no, porque aun poniéndome al final acabo casi sin hacer prácticamente nada, tal es mi desánimo.
Ayer bajamos a pasar la tarde cerca del mar, y primero mientras mi compañero iba al dentista me dejó en un bar bastante peculiar, el típico bar de barrio familiar lleno de los típicos personajes estrambóticos de los que está lleno el mundo.
El país está lleno de bares similares. En cada ciudad hay varios; son lugares que llaman a todos los desesperados, a todos los solitarios, a todos los tristes del mundo. Templos que congregan a los perdedores como las iglesias a los débiles incapaces de aceptar la condición humana. Donde estos peculiares feligreses encuentran la compañía que les ha negado la vida, y el consuelo en los otros descarriados y miserables que acuden igualmente allí. Son sitios donde encuentran la mejor terapia contra el dolor del alma, contra la depresión, que jamás se ha inventado, que jamás se descubrirá. Abajo el prozac, los psicólogos y los antidepresivos; porque en el fondo son sólo remedios que sólo sirven para empeorar globalmente las cosas, que no ayudan a progresar mentalmente al hombre, a superarse, a mejorarse realmente, sino a reblandecerse, y lo que es peor, a idiotizarse más todavía. Cuando estés con un bajón muy grande, nada mejor que acudir a un lugar de estos, porque saldrás nuevo, crecido de allí. Porque por grandes y terribles que sean tus problemas, serán ridículos comparados con los problemas de los otros que acuden al sitio… habrá otros allí que lo tendrán igual pero infinitamente peor. Gente desesperada, tan desesperada, que expresaran pesares tan grandes que ni si quiera la mente más imaginativa habrá podido llevar a concebir. Al soltarlos, se alivian, y alivian a los demás. Así, todos los parroquianos de esos bares salen de ellos crecidos.
En uno de esos en donde nunca había estado yo me soltó mi compañero, y allí me quedé a esperarlo, pensando en que pasaría un rato de lo más aburrido. Mas en esos sitios siempre ocurre lo contrario, y acabas en seguida por convertirte en uno más de la familia. Llegué y el local estaba prácticamente vacío. Sólo la cocinera, una mujer mayor, que hacía punto en una de las mesas. La camarera, una joven negrita, en la barra. Y uno de los parroquianos habituales, un hombre de cincuenta o sesenta años, delgado y enjuto, pelo cano, ropas negras, que tomaba una copa y bromeaba con la camarera acerca de sus novios. Yo me quedé en un rincón, callado, y aunque el parroquiano trató de trabar charla conmigo, con la excusa del futbol, no fue persuasivo, ni me motivaba, así que me mantuve ajeno. Poco después llegó otro de los parroquianos habituales, decididamente alcohólico, acompañado de un negro de dos metros de altura que botaba una pelota de baloncesto. El negro reía abierta y jocosamente, y nada más llegar se presentó a todo el mundo, incluido a mí. Hablaba cuatro palabras de español, y se expresaba más bien en un inglés limitado que pronunciaba de manera horrible, idioma en el que se expresaba y comunicaba con su interlocutor, el borrachín habitual del bar que lo había llevado allí. El negro revolucionó aquello. Tenía la mente de un microbio, y la mentalidad de un troglodita, pero era franco, abierto y alegre. Y hablaba con todo el mundo sin cortarse un pelo. I BELIEAVE IN GOD. Decía sin parar, presentándose, y abriendo su corazón, diciendo que no tenía donde caerse muerto, pero que era feliz porque dios le ayudaba. Habló con unos moros que había ido allí a zamparse un bocata, y los moros se descojonaban literalmente del negro. Se acercó a mí, y me contó que era de Nigeria, que tenía una novia sueca, que la novia estaba en Suecia, y que le mandaba todos los meses 350 euros. Que la gente le ayudaba porque dios los iluminaba, y hacía que le ayudasen porque él creía en dios. Que no conocía de nada al borracho que lo había llevado allí, simplemente lo había visto por la calle y le había dicho que se fuera con él, y él sin pensarlo se fue. Era un espectáculo. Un espermento. Una mente privilegiada y maravillosa. ¿Cuánto mides? 1.99 cms… ¿Y cuánto te mide la picha? Carcajadas.
Llegó mi compañero, y nos fuimos a una tienda de libros antiguos. Íbamos a comprarle un regalo allí a la amiga que nos invitaba y nos invita con frecuencia a cenar a su restaurante. Y yo acabé cogiendo tres libros para mí, y otro para nuestra amiga. Para mí Carpentier y su Siglo de las Luces (lo he leído una vez, pero creo que no tengo un ejemplar, y quiero volver a leerlo), otro Yo el supremo (que también leí pero que no sé si tengo, y que quiero volver a leer), y otro que elegí puramente por azar: Dobles Fondos, sin saber de qué iba, sin leer la contraportada si quiera, sin conocer al autor, sólo dejándome llevar por el título, como por intuición divina. Finalmente, como el dueño de la tienda era inglés, como la mayoría de los libros eran en inglés, como apenas había títulos en español, como nuestra amiga habla perfectamente inglés, elegí un título mundano, horrible, uno de esos plomos de mil páginas que son puramente éxitos fabricados imposibles de leer, y que le encantan a quienes dicen que les encanta la lectura, pero que no saben, no han aprendido, a apreciar la verdadera literatura: WORLD WITHOUT END, de Ken Follet. Fui a pagar y el inglés se quedó mirando los libros que había elegido. Se notaba que le gustaba mi selección, salvo por el de Ken Follet. Pero como le dijimos que si nos podía envolver ése, comprendió de inmediato que no era para mí, como los otros, manifestándolo con un ohhh de satisfacción. Y entonces cogió el Dobles Fondos, y me dijo, este libro es muy bueno, has tenido buen ojo. ¿En serio es bueno?, le pregunté. Sí. Buenísimo. Pero tengo una edición mejor. Y soltó los libros y fue a por un libro más viejo, pero relativamente bien conservado, y me lo enseñó: Men Without Art. Es el mismo, pero mejor, mucho mejor. ¿Por qué era mejor? Porque aparte de no haber sufrido la perversión y la violación de la traducción, era una primera edición, un libro de coleccionistas. Es más caro, me dijo, pero merece la pena. ¿Y qué hice? Pues comprarlo, la primera edición, impulsivamente. Venga, me lo llevo. ¿Para qué quiero yo una primera edición? Y seguidamente hablamos con el tipo, buen tipo, un buen rato, de distintas cosas, y finalmente de restaurantes que conocemos, restaurantes comunes, de los mejores restaurantes del mundo, perdidos en la sierra, buena comida tradicional española, y prometimos volver a verlo, volver a su tienda.
Mi compañero tenía que volver a ir al dentista, y volvió a dejarme en el bar de antes. Me pedí un rioja y abrí el Men Without Art con gusto. Había más gente en el bar, y esperaba que no me molestasen, que se entretuviesen entre ellos. Lo primero que hice fue manchar, por equivocación, sin querer, por descuido, el libro, la primera edición cuidada y conservada con mimo, del vino tinto que me estaba bebiendo. Hala, ya lo he estrenado. Impoluto desde el año 1934, guardado como oro en paño, con un precio elevado, y en menos de una hora en mis manos yo le hago al libro lo que no le han hecho en los casi 100 años que tiene, desvirgarlo, como quien dice. Como no me iba a ahorcar por ello, quise seguir leyendo, pero no tardaron en impedírmelo [NOTA: eso de que se puede leer en los bares es un mito literario sin ninguna verdad práctica; siempre que lo he intentado no me han dejado, ha venido alguien, siempre un tipo solitario, nunca una mujer hermosa, a meter sus narices en medio, y a no dejarme leer tranquilo]. El que había llevado al bar al negro (que ya no estaba), se acercó y metió sus hocicos entre el libro y mi vista, y dijo qué lees. El tipo sabía inglés, y leyó el título, y dijo… ohhhh… lees en inglés… quién es el autor… Y leyó el nombre, y dijo… ohhhhh… y no añadió más porque no tenía ni zorra idea de quién era, ni le importaba verdaderamente, más que importunarme sin malicia. Seguidamente se me puso literalmente a bailar flamenco, y me invitó a que le tocase las palmas para llevar el compás. Estaba afeitado, y vestido limpia e impolutamente, contrastando con el resto de los clientes del bar (currantes con el traje de romano puesto). Y estaba bastante borracho. Tanto que me hacía gestos que no llegaba yo a entender.
Por fin llegó mi compañero, invitó a la camarera y a sus amigas si querían a ir a cenar (nos reímos todos) al restaurante de la escritora, y nos fuimos los dos sólo a cenar. Mi amigo se zampó él solo casi la botella de vino, poniéndose gracioso, y queriendo hacer que nuestra amiga, la dueña del restaurante, nos presentase a algunas amigas que cenaban en una mesa. Nos hartamos literalmente de comida; entremeses de todo tipo (jamón de pata negra, y aperitivos libios, entrecot de ternera en su punto con guarnición, rematado de un postre), y nos fuimos con el estómago llego, y el corazón alegre, como se suele decir. Al acostarme, por la empachera de comida, y por no haber tomado ningún digestivo, no me podía quedar dormido, mi estómago daba vueltas como una hormigonera.
Ayer bajamos a pasar la tarde cerca del mar, y primero mientras mi compañero iba al dentista me dejó en un bar bastante peculiar, el típico bar de barrio familiar lleno de los típicos personajes estrambóticos de los que está lleno el mundo.
El país está lleno de bares similares. En cada ciudad hay varios; son lugares que llaman a todos los desesperados, a todos los solitarios, a todos los tristes del mundo. Templos que congregan a los perdedores como las iglesias a los débiles incapaces de aceptar la condición humana. Donde estos peculiares feligreses encuentran la compañía que les ha negado la vida, y el consuelo en los otros descarriados y miserables que acuden igualmente allí. Son sitios donde encuentran la mejor terapia contra el dolor del alma, contra la depresión, que jamás se ha inventado, que jamás se descubrirá. Abajo el prozac, los psicólogos y los antidepresivos; porque en el fondo son sólo remedios que sólo sirven para empeorar globalmente las cosas, que no ayudan a progresar mentalmente al hombre, a superarse, a mejorarse realmente, sino a reblandecerse, y lo que es peor, a idiotizarse más todavía. Cuando estés con un bajón muy grande, nada mejor que acudir a un lugar de estos, porque saldrás nuevo, crecido de allí. Porque por grandes y terribles que sean tus problemas, serán ridículos comparados con los problemas de los otros que acuden al sitio… habrá otros allí que lo tendrán igual pero infinitamente peor. Gente desesperada, tan desesperada, que expresaran pesares tan grandes que ni si quiera la mente más imaginativa habrá podido llevar a concebir. Al soltarlos, se alivian, y alivian a los demás. Así, todos los parroquianos de esos bares salen de ellos crecidos.
En uno de esos en donde nunca había estado yo me soltó mi compañero, y allí me quedé a esperarlo, pensando en que pasaría un rato de lo más aburrido. Mas en esos sitios siempre ocurre lo contrario, y acabas en seguida por convertirte en uno más de la familia. Llegué y el local estaba prácticamente vacío. Sólo la cocinera, una mujer mayor, que hacía punto en una de las mesas. La camarera, una joven negrita, en la barra. Y uno de los parroquianos habituales, un hombre de cincuenta o sesenta años, delgado y enjuto, pelo cano, ropas negras, que tomaba una copa y bromeaba con la camarera acerca de sus novios. Yo me quedé en un rincón, callado, y aunque el parroquiano trató de trabar charla conmigo, con la excusa del futbol, no fue persuasivo, ni me motivaba, así que me mantuve ajeno. Poco después llegó otro de los parroquianos habituales, decididamente alcohólico, acompañado de un negro de dos metros de altura que botaba una pelota de baloncesto. El negro reía abierta y jocosamente, y nada más llegar se presentó a todo el mundo, incluido a mí. Hablaba cuatro palabras de español, y se expresaba más bien en un inglés limitado que pronunciaba de manera horrible, idioma en el que se expresaba y comunicaba con su interlocutor, el borrachín habitual del bar que lo había llevado allí. El negro revolucionó aquello. Tenía la mente de un microbio, y la mentalidad de un troglodita, pero era franco, abierto y alegre. Y hablaba con todo el mundo sin cortarse un pelo. I BELIEAVE IN GOD. Decía sin parar, presentándose, y abriendo su corazón, diciendo que no tenía donde caerse muerto, pero que era feliz porque dios le ayudaba. Habló con unos moros que había ido allí a zamparse un bocata, y los moros se descojonaban literalmente del negro. Se acercó a mí, y me contó que era de Nigeria, que tenía una novia sueca, que la novia estaba en Suecia, y que le mandaba todos los meses 350 euros. Que la gente le ayudaba porque dios los iluminaba, y hacía que le ayudasen porque él creía en dios. Que no conocía de nada al borracho que lo había llevado allí, simplemente lo había visto por la calle y le había dicho que se fuera con él, y él sin pensarlo se fue. Era un espectáculo. Un espermento. Una mente privilegiada y maravillosa. ¿Cuánto mides? 1.99 cms… ¿Y cuánto te mide la picha? Carcajadas.
Llegó mi compañero, y nos fuimos a una tienda de libros antiguos. Íbamos a comprarle un regalo allí a la amiga que nos invitaba y nos invita con frecuencia a cenar a su restaurante. Y yo acabé cogiendo tres libros para mí, y otro para nuestra amiga. Para mí Carpentier y su Siglo de las Luces (lo he leído una vez, pero creo que no tengo un ejemplar, y quiero volver a leerlo), otro Yo el supremo (que también leí pero que no sé si tengo, y que quiero volver a leer), y otro que elegí puramente por azar: Dobles Fondos, sin saber de qué iba, sin leer la contraportada si quiera, sin conocer al autor, sólo dejándome llevar por el título, como por intuición divina. Finalmente, como el dueño de la tienda era inglés, como la mayoría de los libros eran en inglés, como apenas había títulos en español, como nuestra amiga habla perfectamente inglés, elegí un título mundano, horrible, uno de esos plomos de mil páginas que son puramente éxitos fabricados imposibles de leer, y que le encantan a quienes dicen que les encanta la lectura, pero que no saben, no han aprendido, a apreciar la verdadera literatura: WORLD WITHOUT END, de Ken Follet. Fui a pagar y el inglés se quedó mirando los libros que había elegido. Se notaba que le gustaba mi selección, salvo por el de Ken Follet. Pero como le dijimos que si nos podía envolver ése, comprendió de inmediato que no era para mí, como los otros, manifestándolo con un ohhh de satisfacción. Y entonces cogió el Dobles Fondos, y me dijo, este libro es muy bueno, has tenido buen ojo. ¿En serio es bueno?, le pregunté. Sí. Buenísimo. Pero tengo una edición mejor. Y soltó los libros y fue a por un libro más viejo, pero relativamente bien conservado, y me lo enseñó: Men Without Art. Es el mismo, pero mejor, mucho mejor. ¿Por qué era mejor? Porque aparte de no haber sufrido la perversión y la violación de la traducción, era una primera edición, un libro de coleccionistas. Es más caro, me dijo, pero merece la pena. ¿Y qué hice? Pues comprarlo, la primera edición, impulsivamente. Venga, me lo llevo. ¿Para qué quiero yo una primera edición? Y seguidamente hablamos con el tipo, buen tipo, un buen rato, de distintas cosas, y finalmente de restaurantes que conocemos, restaurantes comunes, de los mejores restaurantes del mundo, perdidos en la sierra, buena comida tradicional española, y prometimos volver a verlo, volver a su tienda.
Mi compañero tenía que volver a ir al dentista, y volvió a dejarme en el bar de antes. Me pedí un rioja y abrí el Men Without Art con gusto. Había más gente en el bar, y esperaba que no me molestasen, que se entretuviesen entre ellos. Lo primero que hice fue manchar, por equivocación, sin querer, por descuido, el libro, la primera edición cuidada y conservada con mimo, del vino tinto que me estaba bebiendo. Hala, ya lo he estrenado. Impoluto desde el año 1934, guardado como oro en paño, con un precio elevado, y en menos de una hora en mis manos yo le hago al libro lo que no le han hecho en los casi 100 años que tiene, desvirgarlo, como quien dice. Como no me iba a ahorcar por ello, quise seguir leyendo, pero no tardaron en impedírmelo [NOTA: eso de que se puede leer en los bares es un mito literario sin ninguna verdad práctica; siempre que lo he intentado no me han dejado, ha venido alguien, siempre un tipo solitario, nunca una mujer hermosa, a meter sus narices en medio, y a no dejarme leer tranquilo]. El que había llevado al bar al negro (que ya no estaba), se acercó y metió sus hocicos entre el libro y mi vista, y dijo qué lees. El tipo sabía inglés, y leyó el título, y dijo… ohhhh… lees en inglés… quién es el autor… Y leyó el nombre, y dijo… ohhhhh… y no añadió más porque no tenía ni zorra idea de quién era, ni le importaba verdaderamente, más que importunarme sin malicia. Seguidamente se me puso literalmente a bailar flamenco, y me invitó a que le tocase las palmas para llevar el compás. Estaba afeitado, y vestido limpia e impolutamente, contrastando con el resto de los clientes del bar (currantes con el traje de romano puesto). Y estaba bastante borracho. Tanto que me hacía gestos que no llegaba yo a entender.
Por fin llegó mi compañero, invitó a la camarera y a sus amigas si querían a ir a cenar (nos reímos todos) al restaurante de la escritora, y nos fuimos los dos sólo a cenar. Mi amigo se zampó él solo casi la botella de vino, poniéndose gracioso, y queriendo hacer que nuestra amiga, la dueña del restaurante, nos presentase a algunas amigas que cenaban en una mesa. Nos hartamos literalmente de comida; entremeses de todo tipo (jamón de pata negra, y aperitivos libios, entrecot de ternera en su punto con guarnición, rematado de un postre), y nos fuimos con el estómago llego, y el corazón alegre, como se suele decir. Al acostarme, por la empachera de comida, y por no haber tomado ningún digestivo, no me podía quedar dormido, mi estómago daba vueltas como una hormigonera.
martes 14 de diciembre de 2010
un día cualquier en el trabajo...
6:30 horas, suena el despertador; lo apago de mala gana, con un uf, qué asco, otra vez tengo que levantarme para ir a trabajar….
Con horror y pavor atravieso la puerta de la oficina.
Me siento esperando lo peor, y lo peor siempre llega.
Los clientes piensan, deben pensarlo, que soy doctor en psicología aplicada, porque me empachan de sus problemas, de todos sus problemas, como si yo pudiera salvarlos o librarlos de ellos, de sus neuras. Y en el fondo sólo puedo empeorarlos.
Suena el teléfono. Una voz femenina dice mi nombre, y añade el suyo, y me dice que me va a pasar con el jefe. Esa frase es así, pero mis mecanismos mentales la traducen de otra manera: “Soy la chorizo –o sea, la secretaria de mi jefe, pelota remilgada e insufrible-, te paso con el vizquito --alias el turbina, alias el pocoyo—“. Y la pregunta me viene de seguida a la cabeza: ¿qué coño he hecho esta vez …? Porque cuando llama el pocoyo sólo y únicamente es para echarte la bronca por cualquier cosa, por cualquier verdadera estupidez. Es un enfermo, me decía con razón el otro día un compañero, y está pagando todas sus frustraciones de toda su vida con nosotros, aunque su función sería apoyarte, es un muro, una muralla, una barrera infranqueable que sólo ayuda a crear más problemas en lugar de a resolver los muchos que van surgiendo.
Aguanto la bronca prestándole la atención que merece, es decir, ninguna.
Me llega un correo electrónico: Estimado, no he querido llamarle, ni llamar a sus superiores, ni echarle la bronca ni nada de eso, pero le recuerdo que hoy termina el plazo para que hacer el curso de prevención de blanqueo de capitales que tiene que hacer, y le recuerdo que no ha entrado en la plataforma aún ni una sola vez. HAGA EL PUÑETERO CURSO EN EL ACTO SI NO QUIERE MAYORES PROBLEMAS.
Miro el reloj y son ya las 14 de la tarde. Me duele la cabeza, no sé dónde la tengo.
¿Aún me queda una hora de estar encerrado en la puñetera jaula ésta?
Con horror y pavor atravieso la puerta de la oficina.
Me siento esperando lo peor, y lo peor siempre llega.
Los clientes piensan, deben pensarlo, que soy doctor en psicología aplicada, porque me empachan de sus problemas, de todos sus problemas, como si yo pudiera salvarlos o librarlos de ellos, de sus neuras. Y en el fondo sólo puedo empeorarlos.
Suena el teléfono. Una voz femenina dice mi nombre, y añade el suyo, y me dice que me va a pasar con el jefe. Esa frase es así, pero mis mecanismos mentales la traducen de otra manera: “Soy la chorizo –o sea, la secretaria de mi jefe, pelota remilgada e insufrible-, te paso con el vizquito --alias el turbina, alias el pocoyo—“. Y la pregunta me viene de seguida a la cabeza: ¿qué coño he hecho esta vez …? Porque cuando llama el pocoyo sólo y únicamente es para echarte la bronca por cualquier cosa, por cualquier verdadera estupidez. Es un enfermo, me decía con razón el otro día un compañero, y está pagando todas sus frustraciones de toda su vida con nosotros, aunque su función sería apoyarte, es un muro, una muralla, una barrera infranqueable que sólo ayuda a crear más problemas en lugar de a resolver los muchos que van surgiendo.
Aguanto la bronca prestándole la atención que merece, es decir, ninguna.
Me llega un correo electrónico: Estimado, no he querido llamarle, ni llamar a sus superiores, ni echarle la bronca ni nada de eso, pero le recuerdo que hoy termina el plazo para que hacer el curso de prevención de blanqueo de capitales que tiene que hacer, y le recuerdo que no ha entrado en la plataforma aún ni una sola vez. HAGA EL PUÑETERO CURSO EN EL ACTO SI NO QUIERE MAYORES PROBLEMAS.
Miro el reloj y son ya las 14 de la tarde. Me duele la cabeza, no sé dónde la tengo.
¿Aún me queda una hora de estar encerrado en la puñetera jaula ésta?
martes 7 de diciembre de 2010
genial....
...El rato con Don José... fabuloso... Primero una cerveza rápida con él en el restaurante de su hijo y de su hija (esta es mi hija, me ha dicho mirándola con orgullo y guiñándome el ojo, ya la conozco, le he dicho, y sin embargo qué poco se parece a él, de cerrada, de sosa)... Después me ha llevado a su bodega, me ha enseñado cómo se fabrica el mosto, la trituradora, la prensa, el depósito; las barricas de 44 arrobas. En seguida me lo ha dado a probar. ¡Qué rico! Tres vaso uno tras otro. Delicioso, embriagadores. De paso su charla, amena, divertida, con un tono de simpática amargura llena de humor negro, hablándome de sus achaques, el azúcar que lo tiene por las nubes y lo está dejando ciego, además de que está algo cojo. La soledad en la que en el fondo vive a pesar de estar rodeado (como todos), o tal vez el aburrimiento, el estar acostumbrado a trabajar 14 o 15 horas al día y el no tener nada que hacer ahora, sólo ir a sentarse a la plaza a tomar el sol como los lagartos, o ir a andar un rato como un tonto. Soledad y aburrimiento, y fina ironía, humor llano y sano, envidiable. Contándome sus batallas se me ha ido el tiempo en seguida. Tuve que marcharme. Había quedado para comer en el restaurante de sus hijos con gente; todo a partir de ahí, vulgar, repetido. Le prometí un café, y apareció con su sonrisa, mientras terminábamos de comer... El mejor postre que podían darme. La despedida, el hasta luego, que espero no se prolongue.
Luego, mientras jugaba a los bolos, sólo podía pensar en él, recordarlo, espera nuestro próximo encuentro... ¿Cuándo...? Yo calculo que al menos 2 o 3 semanas son las que me quedan... Esperando, esperando, siempre esperando.
Gracias Don José
Luego, mientras jugaba a los bolos, sólo podía pensar en él, recordarlo, espera nuestro próximo encuentro... ¿Cuándo...? Yo calculo que al menos 2 o 3 semanas son las que me quedan... Esperando, esperando, siempre esperando.
Gracias Don José
lunes 6 de diciembre de 2010
don josé el de la parada...
Ya estoy contando las horas, los minutos, los segundos que me quedan para reunirme con él... ¡Qué grande! Mañana tengo una cita con él, y me encanta su compañía.... Es una de las personas, una de esas personas, pocas, a las que merece la pena conocer, que le dan sentido a todo, aunque nada lo tenga. No tiene estudios, y probablemente no sepa ni leer ni escribir, o si lo sabe como si no supiera, pero es pura amabilidad. Es tolerancia, es posiblemente imposible ser más abierto, respetuoso, más amable, mejor bienintencionado, que él. ¡Ojalá yo pudiera parecerme un poco! Para mí es un verdadero halago, un elogio inigualable, que simplemente quiera él quedar conmigo, regalarme con su compañía aunque sólo sea un poco. Un mosto, hecho por él, y su compañía, eso es más que suficiente para ser feliz, por un rato. Lo repito, no me cansaré de hacerlo: ¡qué grande es! ¿Por qué no existen más como tú?
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